Reflexiones sobre la estética y la primera infancia por Carlos Laredo

Reflexiones en voz alta sobre la estética y la primera infancia.

DSCN8372+

A diario acuden a nuestras obras escénicas padres con niños de 0 a 3 años que nos han ido desgranando su visión más o menos profunda sobre la primera infancia. Se trata de un espacio de observación social y pública singular, donde se pone de manifiesto una enorme cantidad de información sobre cómo se relacionan los padres con sus hijos recién nacidos. Hoy en día la Cultura sigue estando abrumadoramente vetada a los niños recién nacidos y por extensión a sus padres. Durante esos tres años, los padres no encuentran actividades destinadas específicamente a la relación intensa, que mantienen con sus hijos, actividades destinadas a cultivar esa relación única, maravillosa e irrepetible.

A lo largo de estos últimos 12 años, hemos observado el enorme potencial de estas experiencias escénicas para el desarrollo no sólo de los bebés, sino también de los adultos que les acompañan en silencio. Iniciarse en el arte del Teatro a través del encuentro entre diferentes generaciones permite entrar en la Cultura de otro modo.

Dejemos de un lado el entre-tenimiento (que es como tener algo entre…), el pasar el tiempo o matar el tiempo, para entrar de lleno en el cultivo de las semillas del tiempo. Todavía hoy, no dejamos de ver la infancia desde el prisma de sus carencias, de las necesidades detectadas respecto de un modelo predeterminado y desde lo que creemos que le podemos ofrecer sentados en la atalaya de un mundo supuestamente superior: el del adulto. Simplificamos las capacidades del recién nacido, proyectándolo en una tabula rasa, que deberá ser rellenada de conocimientos, afectos, preceptos y conceptos mediante el paso por una serie de etapas previstas. Adulto que se sitúa a si mismo como modelo a alcanzar y a la infancia como carencia a resolver. Esas facultades, medibles en una escala en la que el bebé se encontraba en el 0 y el adulto representaba el pleno desarrollo, ha dejado un surco difícilmente eludible por los individuos que se convierten un día en progenitores, o por los profesores que forman parte del modelo educativo vigente hoy en día.

De una forma muy estereotipada y muy alejada de toda exploración científica, hemos llegado a creer que los recién nacidos son una página en blanco que no se entera de nada, que nos es capaz de expresar lo que le ocurre, con la que solo podemos comunicarnos a través de un magma sensorial abstracto. Vemos a la primera infancia como una etapa donde el ser humano está completamente discapacitado para toda experiencia, incluida la experiencia artística. Nuestra frustración por no entender lo que nos quieren comunicar los bebés nos ha llevado a llamarles inmediatamente infantes: los que no tienen el uso de la palabra.

Pero cabría entonces preguntarnos, si no dominan el lenguaje y por eso los nombramos con tal definición, entonces ¿por qué los bebés desvelan todo el recorrido del lenguaje de tal forma que son capaces de hablar uno o varios idiomas en un tiempo mucho menor que el del adulto, y de manera mucho más perfecta?

¿Porqué coincide en el tiempo el nacimiento de los dientes con en el momento de comenzar a caminar, con comenzar a ingerir los alimentos de la tierra y con el nacimiento a su vez del lenguaje?

¿Porqué los bebés hablan y hacen acopio de un vocabulario extenso en muy poco tiempo?

¿Por qué son capaces de aprender un idioma como jamás seremos capaces de aprenderlo en la edad adulta? ¿A qué llamamos sino la lengua materna?

Pero más allá de estas capacidades relacionadas con las habilidades del lenguaje, y que los neurolingüistas señalan desde hace un tiempo como una cualidad endógena de todo ser humano, que le permitiría hablar todos los idiomas de la humanidad cuando nace, se encuentra el entorno y todos los estímulos exógenos que interfieren a la ahora de desvelar uno u otro idioma. A lo largo de esos primeros años de vida, se hace vibrar el aire de una forma diferente para cada entorno.

Pero para adentrarnos un poco más en el lenguaje y para poder observarlo desde una perspectiva más amplia, que la de la sintaxis y la de la semántica, habría que perderse un poco en la desconstrucción sonora, en la creación de palabras/gestos y de su puesta en juego en la suspensión, que separa la boca del bebé del oído del adulto y viceversa. La configuración de las sonoridades, que conforman el lenguaje desde la pronunciación de cada letra y de todos sus matices sensitivos y emocionales, no dejan de ser un engranaje imprescindible en el acto intencional de cada comunicación, en la propia génesis del lenguaje y en la propia configuración de los acentos de cada idioma en cada región. Los sonidos de las letras buscan la configuración de las palabras en su cualidad rítmica, en el lugar que ocupan en la respiración o en su resonancia en el cuerpo. Si el sonido de cada letra fuera un gesto, el lenguaje sería una danza compleja de la lengua en su caverna sonora que es la boca. Esas respiraciones, posiciones de la lengua y movimientos están plenamente unidas a la personalidad expresiva de cada individuo. Su necesidad de se comunicar está íntimamente ligada a eso que se ha dado en denominar como instinto de supervivencia.

Desde el punto de vista de la experiencia estética, los niños recién nacidos comparten un lenguaje complejo de comunicación y percepción de las intenciones del otro y crean a su vez nuevas formas de expresión verbal, sonora y gestual, para transmitirle al otro la urgencia de la necesidad de alimento, sueño o de amor. El alimento de una mirada, de un gesto, de una caricia, de un abrazo, de una emoción, no es sólo para que sobreviva el cuerpo, pero también para hacer vibrar el alma. ¡Y vaya si los recién nacidos saben hacer vibrar la energía de sus cuerpos diminutos!

Si bien no todos los órganos de un bebé crecen a lo largo de su desarrollo como lo son sus ojos, cabría preguntarse si debiéramos considerar el alma del bebé como menor que la del adulto. Si absurdo es hablar del tamaño de algo intangible y difícilmente descriptible ¿Por qué situar la capacidad espiritual del que nace en otra categoría diferente? Tal vez por ello llegamos a oír de muchos padres de sus hijos cuando los llaman o los nombran “animalitos”, en una mezcla de ternura y barbarie, en el que la aparición del alma humana solo se asociaría con la intelección argumental del lenguaje narrativo, es decir con la capacidad del niño de hablar en el mismo idioma que el de los adultos.

Aquellos, que no confían en la capacidad de entendimiento del ser humano cuando nace, lo hacen sin observar que el bebé lo prende todo, lo comprende todo, incluso aquello que no entiende. Así observamos que en muy poco tiempo se revelan preguntas existenciales en el niño de gran calado filosófico u observaciones de detalles mínimos que como adultos no habíamos logrado percibir.

Nuestra experiencia nos ha demostrado que los bebés nacen plenamente preparados para la experiencia estética, portando consigo toda la capacidad para entrar en el templo de la contemplación. Como espectadores atesoran todo el potencial de la humanidad, toda la riqueza sensitiva, emocional, e intelectiva, porque en realidad no son los “peques” de la casa, sino los más avanzados, los más viejos, ya que portan en su ADN un cruce genético más que el de sus padres. Y eso ya es mucho. Cabría preguntarse si no tiene ningún valor la semilla que cae del árbol centenario o si toda la memoria del tiempo del árbol está guardada dentro de la semilla que inicia un nuevo camino. Ese paso por iniciar la vida desde su cultivo sirve para tejer el tiempo sin arrancar las raíces, sin abandonar nuestros orígenes, permite diluir las fronteras convencionales del tiempo lineal como pasado, presente y futuro y proporciona al tiempo toda su dimensión cuántica, su dimensión compleja, en una configuración geométrica y holográfica diversa.

Con las estructuras heredadas arquetípicas, los recién nacidos participan de la vida del símbolo desde dentro del mito y desde dentro la poética. Viven en la poética. En el jardín de infancia podemos observarles recreando el sentido profundo de antiguos mitos como el de Sísifo, el de Narciso o el de Deucalión por poner tan sólo algunos ejemplos. Si fuéramos capaces de dar libertad sin trabas a la tremenda velocidad de desarrollo neuronal de los bebés, creando nuevas sinapsis, podríamos facilitar la evolución del uso y exploración de nuevas áreas del cerebro. Despertar las memorias heredadas en un entorno nuevo situaría el potencial de evolución del ser humano en otra línea de salida. Y consecuentemente en otros parámetros educativos, artísticos, culturales, sociales y políticos.

Los bebés son capaces de aventurarse como exploradores y vivir sin trabas ni miedos todo aquello que es nuevo o que no son capaces de entender. A medida que hemos ido despreciando a los seres humanos cuando nacen y creando modelos de hijos para que sean los más parecidos a sus padres, hemos ido trabando el potencial con el que nacemos. Hemos llegado a creer que la razón lo puede todo, y que todo lo que escapa al entendimiento y a nuestra capacidad de consciencia, o no forma parte de la realidad o por resultarnos ilegible, no existe. Por ese camino encontramos adultos moribundos por inanición cultural, incapaces de expresarse emocionalmente, sensitivamente o incapaces de disparar sus neuronas a lugares desconocidos. Los recién nacidos tienen – entre otras muchas cosas- la responsabilidad de transformar a sus padres para que amen lo desconocido, para aventurarse de nuevo en el juego de la vida, si los padres tuvieran a su bien, el dejarse transformar.

El arte es la aventura de la memoria, donde se transforma la expresión de cada ser, sea cual sea su edad o experiencia. Es un encuentro potenciador, disparador del dinamismo estético del ser. Vencer los miedos es posible, y sólo él que tiene miedo es valiente para traspasar las fronteras hacía lo que desconocemos y que no sabemos nombrar. La humanidad no galopa gracias a las respuestas binarias, a las doctrinas o a la vieja ley del Talión. Lo hacemos con el mismo impulso terrible y maravilloso del nacimiento, con toda su incertidumbre y dramatismo. Cuando comenzamos a caminar no podríamos levantarnos de nuevo si cada caída fuera acompañada de un sentimiento paralizador de frustración e impotencia.

Este sentimiento que nunca hemos podido observar en alguien que aprende a caminar en su más tierna infancia, aquel que nunca desiste, ni se relame de sus propias heridas después de cada fracaso, aparece de forma recurrente en la vida adulta.

Todo ser humano evoca la memoria de antiguos héroes míticos, aquellos que nos transmitieron la obcecada misión de nacer, aquellos que rindieron tributo al cielo alzando su bóveda craneal y consiguieron caminar, correr y danzar; aquellos que modelaron los primeros balbuceos en el aire, liberando las manos para la danza de los poemas y cantos primigenios del lenguaje. Héroes de la palabra, del pensamiento y de la creación. Antiguos héroes que vuelven a deleitarnos con sus danzas en las escuelas infantiles o en los parques donde juegan.. Esparcir rastros de respeto por los que nacen es una forma de renovar la humanidad en su transformación del modelo social a través de la Cultura.

Cuentan que a los niños hay que enseñarles lo que no tienen, de lo que adolecen, pero no se cuenta que en el aprendizaje, puede llegar a ser más importante desvelar lo que ya está escrito en el libro genético del niño. Articular un discurso sobre la estética para la primera infancia nos podría hacer caer en el error de tratar de definir estéticas aptas o no aptas a la cualidad infinita con la que nace el ser humano. Y quizás los encuentros se producen un escalón más allá del artista y del recién nacido.

Toda experiencia estética es en sí misma un viaje pedagógico, pero desde la pedagogía de lo desconocido. El arte es el disparate que nos impulsa en la aventura a lo desconocido, es el diálogo con lo oculto, con el misterio. Desvelarlo, explicarlo o transmitirlo de forma didáctica es una forma poco sutil de profanarlo. De la misma forma que se profana un chiste si intentamos explicarlo antes de que el disparate nos haga reír. Tal vez, todo acto de Arte para bebés sea un acto de amor y de respeto al que se ha atrevido a nacer en un mundo desconocido. Nacer hoy en día es en sí mismo un acto heroico.

Si en la vida cotidiana o en la educación la edad puede significar un grado de aptitud o de ineptitud de una persona en virtud de su grado de madurez, de crecimiento o de desarrollo, en el teatro estos parámetros no tienen por qué tener el mismo grado de validez. Si viéramos el crecimiento del ser humano desde la acumulación de trabas a lo largo del tiempo, de la pérdida de flexibilidad tanto física como mental, veríamos que los adultos que más trabas han acumulado son los que tienen más dificultades para expresar sus emociones, para comunicarse o maravillarse con lo que acontece, para despertar su curiosidad, o simplemente para poder estar concentrados y relajados. Los espectadores adultos pueden llegar a tener verdaderos problemas de inhibición sensitiva o intelectiva que la vida laboral y familiar conllevan. Y sin embargo no ponemos en duda sus aptitudes como espectadores potenciales, porque nos consideramos capaces de ponerle una etiqueta o una historieta explicativa a esta obra o a esa otra.

Para ser espectador de teatro la edad no es sinónimo de sensibilidad, ni de capacidad para la maravilla ni de capacidad estética, ni de aptitud sensorial o emocional. En todos estos aspectos, los bebés son mucho más aptos para la aventura artística que los adultos que les acompañan, mucho más aptos para ver lo que los adultos han dejado de ver o percibir. Para sentir y vibrar con la energía de su entorno un bebé está plenamente capacitado tanto por sus facultades sensoriales como por su cualidad de vivir a tiempo completo en el “aquí y ahora”.

Los recién nacidos viven en su cotidianidad dentro de la metáfora, en la catarsis, en la mimesis, en la evocación poética y lírica, y en la expresión dramática (tanto la trágica como la cómica), viven en la estética y ensoñación de la memoria; y todo ello forma parte del rito teatral o escénico. Hacerles partícipes de la aventura estética es una forma de reconocimiento a través del renacimiento escénico. Es decir, todo lo que atraía a los espectadores del coro griego, cuando asistían al rito del teatro o del ditirambo hace más de 2.000-2.500 años, es lo mismo que convoca al bebé para ser parte del drama, para estar dentro del Coro.

Los niños a partir de 4 y 5 años van teniendo una mayor necesidad de repetir los caminos conocidos, los laberintos superados y las narrativas con estructuras aristotélicas. Demandan o esperan el cuento como estructura que les ayuda a consolidar su personalidad o a vencer sus miedos. Pueden llegar a creer que sus gustos ya se han hecho y se pueden hacer muy conservadores en cuanto a querer ver la obra que ya han visto, el cuento o la película que ya conocen. Es muy común que el entorno refuerce estos aspectos en detrimento de la capacidad poética que aún atesoran. El estudio y la convivencia con la primera infancia contribuyen de forma eficaz al encuentro del espectador bebé con el intérprete, con la estética y con la dramaturgia de una obra.

Es más importante que la obra artística emane de los bebés y de su mirada originaria que el hecho de que sus destinatarios sean los propios bebés. Es una forma de hablar de algo que les concierne porque entra en el entorno de su comunicación cotidiana con un entorno adulto y de su condición arquetípica y mitológica. Esa capacidad por vivir lo esencial, por formar parte de un plano energético diferenciado, quizás sagrado, en un momento precioso en el que la vida es una aventura en sí misma.

Quizás la revolución del futuro sólo precise que modifiquemos nuestra forma de mirar el potencial con el que nacen los seres humanos, para empezar a creer que todo recién nacido es poeta.

http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s