La grandeza de lo pequeño- Revista Primer Acto

Artículo de Carlos Laredo para la revista española “Primer Acto” (no 338- II/2011). El artículo habla de temas como el arte, la primera infancia, el teatro y nuestra sociedad de hoy en día.

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LA GRANDEZA DE LO PEQUEÑO

Conocí a un niño que quería ver el mundo desde lo alto, para saber si cuando creciera sentiría vértigo. El niño se subía a las sillas, a las escaleras, a las ramas más altas, a las montañas… Y cada vez subía más alto, quería sentirse más y más grande. Pero cuando subía, todo a su alrededor se hacía paulatinamente más pequeño. Apenas había alcanzado una cumbre, el mundo se transformaba en una escala cada vez más ínfima, hasta desaparecer de su vista. Sólo le interesaban las cimas más altas. Hasta que un día, habiendo saciado su sed de grandeza volvía apresurado a casa. La arrogancia y el sentimiento de superioridad cegaron su percepción del peligro, y en el descenso de la montaña, un accidente casi se cobra su vida. Las operaciones quirúrgicas por salvarle dieron lugar a muchos años de convalecencia y reflexión. Hoy sus cumbres están en lo infinitamente pequeño.

Hay en nuestra forma de mirar lo pequeño, en mirar a los pequeños, una asociación casi automática que sólo se explica si consideramos que los que tienen un tamaño inferior son jerárquica y globalmente inferiores en relación a los que si han alcanzado su pleno desarrollo físico e intelectual. Gran parte del análisis del desarrollo psicológico evolutivo del niño, que se hizo a lo largo del siglo XX, estaba sustentado en un modelo comparativo, en el que medía al niño por sus carencias respecto de un modelo basado en el adulto medio. Como si el adulto no hubiera acumulado trabas a lo largo de su vida. Sin embargo, las investigaciones científicas, llevadas a cabo a lo largo de los últimos diez años, han arrojado una nueva luz y una perspectiva completamente diferente sobre las capacidades reales con las que nacemos. Si bien estos cambios nos están llevando a corregir errores científicos, todavía no se han reflejado en un cambio real del modelo social, cultural y educativo vigentes. Las nuevas fronteras del conocimiento nos ayudan a entender mejor una parte esencial de la génesis de la humanidad y a trenzar mejor el potencial evolutivo, que tenemos por delante como especie. La memoria acumulada a lo largo de miles de años converge en la genética, y en otros elementos y aspectos que conforman la materia fenomenológica de la que estamos hechos. Al colocar en un primer plano la perspectiva global evolutiva, tal vez podamos modificar a gran velocidad los puntos de vista que, desde las alturas, tenemos fijados sobre la infancia.

 Desde que nace el ser humano, se potencia la industria química con el miedo. En muchos partos vemos cómo se neutraliza y se reemplaza la capacidad, la sabiduría milenaria y la responsabilidad del binomio madre-bebé, por una asistencia más cómoda y previsible, más segura y sobretodo más rentable para el equipo médico. A pesar de los tímidos movimientos que llaman a sensibilizar a la población en éste aspecto, vemos cómo aumentan las citas concertadas de partos, en los que se anestesia la relación de la madre con el bebé, sin que se haya hecho un estudio o cálculo de las graves consecuencias que producen tales medidas en la sociedad. En las Escuelas Infantiles ven cómo aumentan año a año los partos concertados y sus consecuencias en el retraso del desarrollo, en las conductas aprensivas y desconfiadas de los niños.

A lo largo de los últimos diez años, con la creación y programación de obras escénicas dirigidas a la primera infancia, hemos podido observar una y otra vez qué el modo como nacen los niños influye en su comportamiento en un lugar público como es el Teatro. Se ha hecho habitual ver cómo se revuelven de los brazos y salen gateando o corriendo del regazo de sus padres los niños nacidos de cesárea innecesaria (ya sea concertada, por interés o por exceso de prevención). Como si sus reacciones bioquímicas se hubieran quedado ancladas en los impulsos de las contracciones del momento de la expulsión, y a cada “contracción” el niño saliera corriendo hacía la luz, hacia la salida. Niños expulsados de su propio nacimiento, del recorrido de su propia espiral y, a menudo, diagnosticados y medicados como “hiperactivos”. En el espacio oscuro y lumínico del escenario, todo esto se acentúa de forma dramática, porque además el niño no puede entrar en el espacio escénico por donde estaría su salida.

En nuestro afán por enseñar, los adultos señalamos con el dedo índice las cumbres que deben batir ineludiblemente nuestros hijos. Desde las altas Cátedras, se mira con indiferencia a las ínfimas y pequeñas escuelas infantiles y guarderías. Desde la Educación Superior se ve pequeña e irrelevante a la Educación Inferior. Lo pequeño parece limitado, inerme y vacuo. Como si la educación fuera una escalera unidireccional hacia lo más alto, sin poner como meta el origen de la Humanidad: su infancia.

 Desde las alturas de los organismos oficiales del pensamiento, como la R.A.E de la Lengua, se definen los conceptos esenciales como: el entendimiento, el uso de la razón, el infante, la comprensión, la consideración, el alma, etc… a partir de un juego de espejos que alejan a menudo las palabras de su significado originario y cuyas definiciones excluyen las capacidades de los niños. Véase por ejemplo la definición de “uso de razón” como “la posesión del natural discernimiento, que se adquiere pasada la primera niñez”…

 Es habitual escuchar a los adultos dudando de las capacidades de los niños por “entender” algo. No obstante, como dice el propio diccionario de la RAE “entender” es una tarea imposible para cualquier ser humano, porque si realmente se trata de “Tener idea clara de las cosas” o “Saber con perfección algo” y define por “cosa” por todo lo que tiene entidad, ya sea corporal o espiritual, natural o artificial, real o abstracta; y sabiendo que nuestra percepción es limitada respecto de la materia que se puede dividir de forma ilimitada (hacia lo infinitamente pequeño), es probable que no entendamos nada a la perfección. Sobre todo porque hay mucha información que se nos escapa, por muy desarrollada que esté nuestra sensibilidad.Contrasta con su significado originario que quería decir “tensar y trenzar las cuerdas de dentro” como si “pensar” (su raíz tiene el mismo significado que entender) fuera trenzar haciendo sinapsis entre los dos hemisferios del cerebro, pero con tres cuerdas. La trenza no sirve para tratar de alcanzar lo inalcanzable porque es infinita hacia los dos lados.

 La etimología misma de la palabra “infans” guarda ese desprecio injusto “a los que no tienen uso de la palabra” aunque no hayamos conocido todavía a ningún adulto capaz de hablar una lengua materna llegada la edad adulta.

 Para la Justicia, los niños sólo tienen voz, o se les pide testimonio u opinión cuando ya han cumplido los 12 años. Antes, son sólo un objeto pasivo al que se les protege con derechos, pero sin dar responsabilidades y obligaciones directas a la sociedad respecto a estos derechos.

A pesar de que el derecho a la Cultura está recogido en la Constitución Española, sin discriminación justificable por razón de edad, desde los Museos, Teatros, y Auditorios de la Cultura Oficial Pública, los más pequeños son una parte marginal de su público. Cuando no se programa nada para ellos (que es lo habitual), se les prohibe explícitamente la entrada; o se les desprecia con una entrada sin precio, o sus horarios se hacen incompatibles con la vida de los niños. Las inversiones públicas en materia de Cultura son desproporcionadas por pequeñas en relación a la cantidad de niños y jóvenes que hay en la población. Y muchos artistas que marcan la pauta de la Cultura Oficial ven a los niños como fuente primitiva de ruido, suciedad, irracionalidad, incapacidad intelectiva o barbarie salvaje. Falla, H. Lanz y Lorca preparaban juntos obras para niños a principios del siglo XX. Su ejemplo no ha cundido en los Centros Dramáticos Españoles o en los Teatros y Auditorios que llevan su nombre o sus obras. Su gestión pública sesga una parte del público. Nadie grita ante el incumplimiento flagrante de las leyes vigentes. Los funcionarios de la Cultura vienen abriendo desde hace años pequeños gabinetes pedagógicos o didácticos para sus actividades destinadas a los niños, sin apenas recursos, donde convive una inexistente ambición artística con la necesidad de cubrir el expediente escolar. Y se clasifica el Arte en un pequeño corral didáctico de fechas, datos, categorías y definiciones “tanatográficas” (biografías de muertos) que lo alejan de su origen y de su proceso, que lo alejan de su propia infancia. En muchos de estos espacios públicos se ha utilizado al público cautivo escolar o al público familiar para maquillar los nefastos resultados de asistencia real del público adulto. Se instrumentaliza la programación infantil como programación de relleno, al servicio de un catálogo que vale más por su peso cuantitativo que por el desarrollo responsable del cultivo de su contenido. Sirvan como contraste todas las honrosas excepciones.

A los niños les podemos servir platos llenos de entretenimiento para que aprendan a consumir, a matar el tiempo. En nombre de la Cultura les servimos platos burdos de Ocio donde las estéticas están bien ancladas (a ser posible de forma chillona) hasta aburrir en los colores básicos, en las notas musicales básicas, en las repeticiones básicas, en las palabras reducidas a su significado único y básico, en las didácticas básicas, en los contenidos básicos, en las moralejas básicas… Y lo básico entendido como sinónimo de reducido, negativamente pequeño. Para que el niño tenga la ilusión de dominar ese espacio reducido, sin que importe demasiado cuanto podamos ofender su curiosidad.

 Los artistas que se manchan las manos con tales espectadores forman parte de la tercera división de la Cultura, y su resonancia no trasciende el ámbito local o regional. De Feria en Feria, buscan la supervivencia, trabajando gratis a cambio de la promesa de trabajar, o cuando trabajan, financiando los créditos de los municipios, que especulan durante meses o años con sus deudas de modo delictivo; haciéndonos cómplices de una situación injusta (por engañosa), pobre, ignorante y ciega llamada “mercado”.

 Todo artista que se considere Artista sabe que para abordar cualquier nueva obra debe volver a la infancia de su propio lenguaje. Se ha entendido el Teatro para Niños como un género en si mismo, como una categoría que lo separara del Teatro en general. Como si el hecho de estar dirigidas a un público de una determinada edad determinara ineludiblemente el límite de su potencial artístico y como si las fronteras de su ámbito estético estuvieran cerradas perentoriamente. Así, muchos trabajos de artistas que trabajan para el público adulto no se plantean hacerlo para niños, porque les supone una degradación, una bajada a los niveles más bajos, una bajada a los niveles más pequeños e insignificantes. Sirvan las excepciones para pensar que tal vez nos estemos equivocando. Decía recientemente un actor que había trabajado muchos años en la Comédie Française, y que actuaba en un espectáculo para bebés, que trabajar en espacios reducidos le había hecho replantearse toda su forma de hacer Teatro, que ya no podría subirse al escenario lleno de máscaras, trucos y engaños que le alejaran de sí mismo. Reconocía que la cumbre más alta puede ser más la pequeña. Toda sociedad se renueva a través de las generaciones recién nacidas, a través del culto a lo latente; como toda Cultura debería renovarse a través de su infancia.

Otorguémosle, aunque sólo sea por un instante, un valor añadido a la pequeña semilla que cae del árbol centenario, porque además de portar toda la memoria de la vida del árbol y la de sus antepasados, portará una singularidad respecto de su progenitor: el último salto al vacío, el último fracaso o ruptura, la punta de lanza que abre ese paréntesis de espacio y tiempo que llamamos vida. Tal vez en el arca de Noé no cabían todos los animales y plantas de la flora y la fauna, pero sí las semillas y la información genética que debían salvar a las distintas especies del diluvio.

Tal vez lo pequeño no sea tan insignificante.

 http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es

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