La creación de Pupila de Agua- Revista Lazarillo

Artículo de Carlos Laredo para la revista española “Lazarillo” (no 24- año 2011). El artículo habla de la génesis del primer espectáculo de la compañía “Pupila de Agua” y de la relación del público adulto con el teatro para la primera infancia.

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Mirando hoy por el retrovisor del tiempo, me preguntaba sobre el contexto que suscitó o que nos impulsó a hacer Teatro para la Primera Infancia. Al igual que otros muchos adultos, yo hubiera suscrito y afirmado hace años lo que en general muchas personas apuntan hoy, lo que se dicta de forma oficial o lo que se transmite por la corriente popular asimilada de antemano.

Si bien sabemos que para cualquier asunto encontraremos opiniones para todos los gustos y colores, y antes de ponernos propiamente a hacer teatro para bebés; podemos destacar que lo que hemos ido percibiendo en nuestro trabajo sobre la opinión que despierta la primera infancia está anclada en un aparente consenso colectivo. A través de un pequeñísimo muestrario de frases recogido diariamente a lo largo de 8 años, antes de cada función, podemos observar opiniones, que sin tener vocación estadística ni científica, nos aproximan quizás a entender porqué no se había planteado el Arte para la primera infancia hasta hace muy poco tiempo. Estas frases, incluidas aquí por su carácter repetitivo y tomadas en diferentes países y contextos sociales, con personas de diferentes edades, medios culturales, educativos y económicos, ilustran de un modo somero la idea generalizada que se tiene sobre los bebés y que se refleja en el modelo social en el que vivimos. Por lo asertivo que es el tono, al escucharlas, y que no podemos expresar aquí, habría que leerlas como se dicen, con rotundidad, como si fueran verdades perentorias indiscutibles, evidentes y básicas sobre lo que pensamos cuando hablamos de los bebés (así las hemos escuchado nosotros):

-“¿Pero qué se le puede hacer a un bebé, si los nenes no se enteran de nada?”,

-“Bueno a lo sumo tienen una percepción sensorial del mundo que les rodea…”,

-“¿Qué les hacéis? ¿Ruiditos y luces de colores y cosas así?, ¿No?

-“Está claro que los bebés no pueden entender nada como lo entiende un adulto.”,

-“Bueno, a nivel sensorial vale, pero del resto”

-“Nacen como una página en blanco, y luego van aprendiendo a hablar, a caminar, a pensar, etc; luego lo van aprendiendo todo, pero cuando nacen no saben nada. No veo que se les puede hacer, vamos que no me hago a la idea, mas allá del gugu tata…”;

– “Un bebé no sabe hablar, luego ¿qué va a entender? No puede entender lo que entiende un adulto.

-“…a un bebé no le puedes mostrar nada dramático porque se traumatizaría”,

-“… son un trozo de carne con ojos, unos animalitos. Hasta que empiezan a hablar y son capaces de razonar, de argumentar, claro.”;

-“ Bueno los demás no sé, pero el mío lo único que hace es llorar, comer, cagar y dormir.”

-“Hombre, un bebé no es capaz de pensar por sí mismo”;

-“Está claro que los bebés aprenden por imitación de los adultos, porque no saben nada, aprenden a hablar imitando a sus padres, a sus abuelos, o lo que oyen en la calle…”.

O frases que por el contrario definen el modo de ser, carácter y la conducta del niños de menos de 3 años de forma indubitada (dichas además muchas veces y sin cortapisas por las mismas personas que niegan cualquier capacidad del ser humano cuando nace):

-“Es que mi hijo (de 9 meses) es más malo que la quina”,

-“No es capaz de estarse quieto.”,

– “No es capaz de concentrarse en nada.”,

– “Es un trasto.”,

– “¿Atento sin hacer nada durante 30 minutos? Yo lo conozco y te digo que es imposible”, “No creo que se porte bien” etc…

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Muchas personas suscribirían sin pararse a pensar lo que significan realmente estas frases, en qué trascienden y en qué medida bloquean el potencial de desarrollo de la sociedad. Otras simplemente no estarán en absoluto de acuerdo. Pero el debate no se ha abierto en el seno de la sociedad a ningún nivel, porque tal vez si lo hiciéramos seriamente, con el conocimiento científico que tenemos en la mano, se pondría en peligro todo el modelo económico, educativo, social y cultural que hemos construido. Habría que revisarlo todo. Esa desconfianza que se siembra en la primera infancia recoge sus frutos en la adolescencia, y perpetua muchas anclas sociales que cuesta desprenderse de ellas.

Así lo recoge también la definición del diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (RAE) cuando propone que el uso de razón es la “Posesión del natural discernimiento, que se adquiere pasada la primera niñez. Contradictoriamente, el mismo grupo social que afirma, legisla y proyecta en esta dirección marcada por la desconfianza en las generaciones venideras, se ufana de ser la sociedad más avanzada y evolucionada en la Historia de la Humanidad.

Pero volvamos al pequeño espejo del retrovisor. Antes de hacer, tuve la oportunidad de programar y antes de programar tuve la oportunidad de ver, y poco antes tuve la oportunidad de descubrir. En ese instante inicial, en ese instante cero, hubo un momento de amor indescriptible, de ruptura con los moldes y las certezas. Fue un momento de visión lúcida de las infinitas posibilidades que se ofrecían en una sola. Yo estaba sentado viendo un espectáculo en Francia para niños menores de 3 años, era L´air de l´eau de la Compañía Théâtre Athénor con Brigitte Lallier y Laurent Dupont en escena: uno de los espectáculos pioneros de éste género en el mundo. En aquel momento sentí que varios vórtices inalcanzables de la poética teatral podían darse cita por causa de los espectadores. Los pelos del cuerpo se pusieron de puntillas y tres lágrimas cayeron sobre el papel que sostenía en mi mano. Me quedé sin palabras. ¡El Arte era posible porque los recién nacidos lo hacían posible!

Si el cero fue este momento de descubrimiento de algo latente para ver que era posible abrir un nuevo territorio de exploración; el uno podríamos decir que fue Pupila de agua, y luego vino La Geometría de los sueños, y luego El Circo Incierto, y Un tren en mi maleta y Dibujando laberintos, y Anda, y En la punta de la lengua y Si tú no hubieras nacido, y Quién era yo antes de ser yo, Desayuno Frágil y todos los espectáculos que todavía esperan para ponerse en pie

Pues bien, justo después de descubrir el Teatro para bebés yo me empeñé en compartir mi fascinación con los que hacían Teatro para Niños. Pensé que si estaban cerca de la infancia podrían entenderlo mejor. No me daba cuenta del error mayúsculo que estaba cometiendo. Se lo contaba a compañías, empresarios, distribuidores, productores, programadores y otros ores del ancho y largo de éste país. Y a los pocos artistas que fui conociendo. Mi entusiasmo era proporcional a la indiferencia que generaba mi discurso: a más entusiasmo más indiferencia. Se lo contaba a los amigos y a la gente cercana como un enamorado que cree que todos están como él. Puse a disposición, proponiendo colaboraciones o coproducciones, a todo el que me parecía que podía resultar interesante que creara para bebés; con toda la infraestructura del poderoso festival que dirigía entonces: Teatralia. Y nada, fracasé estrepitosamente. Cero pelotero. Quizás no supe explicarlo, quizás no podía transmitirlo. ¡Y era tan evidente! A ninguno conseguí pellizcar por dentro como lo estaba yo, como lo estoy más y más, cada día que pasa. En tres años no conseguí que ni una sola compañía española de Artes Escénicas, plásticas o musicales quisiera aventurarse en crear para bebés.

Y sin embargo yo seguía más enamorado de aquella imposibilidad que nunca. Por mucha tierra y agua que pusiera a disposición, nadie tenía las semillas, y lo que es peor, nadie parecía querer tenerlas. Los argumentos que me daban mis colegas para decirme que no, mostrando resistencias y miedos eran tan educados como reiterativos. Todos nadaban en las aguas fatuas de la supervivencia. No era tentador ni como disparate artístico. Me decían que con un aforo tan limitado no se podía trabajar, que no se llegaría nunca a cubrir los costes, que no había circuito para difundir el trabajo, que los programadores no lo entenderían y que nunca sobreviviría… Que se haría en Teatralia y punto. Detrás de estas justificaciones, respirábamos el mismo aire de incredulidad con el que suelen llegar los adultos a ver los espectáculos “para bebés”. Pensaban de una manera más o menos acentuada, lo mismo que los espectadores que antes describía con sus frases, preguntas capciosas o sentencias difamatorias.

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Así que me conformé durante un tiempo en hacer experimentos con artistas que no habían hecho nada para bebés, y que lo que hacían tampoco había sido concebido como tal para la primera infancia. Aceptaron el desafío y me agarre a las intuiciones. Vi que funcionaban, que podía presentar el trabajo de distintos artistas a los bebés y ser ellos los que se quedaran con el pelo de puntillas y el alma pellizcada. Fue el caso del músico Pedro Esteban o de los músicos de Jazz que fui buscando por los garitos de Madrid, por poner dos ejemplos iniciales. Recuperaron el gusto por interpretar porque su auditorio del café de jazz para niños o los de Pedro Estevan, estaba compuesto de un exquisito plantel de oyentes: los bebés (recomiendo la lectura de los textos que ha divulgado la neuróloga Sandra Trehub en el estudio de la incidencia de la música en los bebés para entender de qué estoy hablando). ¡El público les escuchaba! Así, seguí programando espectáculos que venían sobre todo de Francia y de otros países con menos miedo a probar algo nuevo.

Y llegó el año 2001, la creación de la compañía, el trabajo con los artistas Azufre y Cristo, y pronto la incorporación de la actriz que ha encarnado el espíritu de todos los trabajos para la primera infancia que hemos hecho hasta ahora; la que me impulsó para ser menos gestor y más “gestador”; la que descubrió que el lenguaje de comunicación con los bebés está hecho de muchas más cosas que los códigos binarios compuestos de ceros y unos; la que se dejó atravesar por la maternidad y con el filo que descubre las capas infinitas de la primera infancia; la que supo en definitiva traducir la experiencia diaria encima del escenario y transformarla en desafíos permanentes que nos han llevado cada vez más lejos para estar cada vez más cerca de los recién nacidos. Hablo de Clarice, de Clarice Cardell.

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Al poco nació nuestra hija Gabriela. Gabriela fue, con su nacimiento la que nos empujó a crear Pupila de Agua. Y es que la Humanidad no ha hecho nunca una cosa tan impresionante como la gestación y nacimiento de un ser humano. Nunca. Es el misterio que funda mitologías, religiones (ya sea de las teosofías matriarcales o patriarcales), gran parte del estudio de la Ciencia o de la Filosofía, y de los cultos paganos que fundan el Arte. El culto al misterio del nacimiento del ser humano es el epicentro de cualquier Cultura y marca, como una cara de la misma moneda, el culto a la muerte. Cabe preguntarse cuales han sido los motivos de no hacer explicita esa importancia evidente.

En Pupila de agua se sintetiza de manera sutil lo que Irina Kouberskaya nos ayudó a potenciar y desarrollar desde el primer momento, junto con la actriz y cantante Fernanda Cabral. Fernanda supo crear, anidar y acompañar todos los elementos esenciales de la obra. Y sobre todo, gracias a su experiencia en varias disciplinas del arte, supo “traducir” la expresividad dramática en el paso de un lenguaje a otro. Constatamos que en esta obra están las semillas de todas las que hicimos después. Antes de ponernos a trabajar, hemos partido siempre de la premisa de no saber qué es un tierno infante, y es por ese motivo, durante 10 años, hemos ido visitando de forma permanente a los niños de 0 a 3 años en las Escuelas Infantiles.

Las “verdades”, que habíamos escuchado (incluso en el seno de las propias escuelas) o leído en los libros de psicología o de psicoanálisis respecto de la infancia, se iban derrumbando como castillos de arena cuando sube la marea. Pupila de agua bebía de los lenguajes transfigurados, donde decimos lo mismo, pero de modo diferente ya sea con palabras, con lengua de signos, con danza o con el lenguaje de objetos. Con Pupila descubrimos que el espacio de comunicación tiene un elemento esencial, que es el agua. El agua que portamos en los cuerpos y el agua que en forma de vapor humedece todo el aire, por muy seco que esté.

Podríamos decir muchas cosas sobre el agua, porque tiene una importancia esencial si queremos llevar las fronteras de nuestro entendimiento un poco más allá. Agua porque somos en un porcentaje muy alto agua, y no importa si hablo del bebé o del adulto. No en vano el ser humano se gesta en el líquido amniótico que no es otra cosa que agua, orina y algunas proteínas. Agua con una alta concentración salina, como el mar. Si al lanzar una piedra al agua podemos ver las ondas que se transmiten concéntricamente, y que se desplazan como un toro espiral helicoidal (los “tubos” de los surfers), nos resultará fácil entender que la vibración de un violoncelo o de una percusión puedan hacer vibrar el agua que porta un bebé por todo el cuerpo, con formas geométricas, tan armónicas o melódica será la vibración del agua como la de la música.

A la música le concedemos muchas veces la cualidad de no tener que pasar necesariamente por el tamiz del entendimiento. Como si las palabras no hicieran vibrar el aire y el agua en virtud de su intensidad, volumen e intención. Como si más allá del entendimiento no fuera la exaltación del agua del cuerpo la que nos permite expresar las emociones a través de las lágrimas que produce el llanto o del aire preñado de agua que porta la risa. Como si la estructura molecular del agua no variara en función de la energía que recibe. Como si no variara en virtud de los fotones que vienen del sol.

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Y es que el dialogo secreto entre las actrices y los bebés en Pupila de agua es tan ritual como la hora del baño diaria, donde la felicidad extrema y el amor multiplicado se dan cita; hora tan mítica o mitológica como la estructura arquetípica que portan los bebés en su memoria genética y en la arquitectura de su funcionamiento evolutivo. No nos paramos a cuestionar qué es lo que entiende el bebé para ser feliz en el momento del baño.

¿Qué necesitaríamos entender del agua, de las piedras, del fuego o de la luz, y del aire si nos sabemos hechos de esa misma materia? Podría extenderme largo y tendido para tratar de exponer la profundidad, complejidad y potencial que alberga el ser humano al nacer, pero ¿no será más interesante saber qué pasa en el mundo basto e infinito que desconocemos? ¿No es la aventura misma hacia lo desconocido lo que garantiza que el artista no se esté copiando a si mismo u a otros? ¿Si lo que pasa no lo desconocemos, entonces qué interés tendrá ir a descubrir algo nuevo, algo que incluso no podríamos llegar a entender?

Hoy, cuando miro el retrovisor distorsionado por la ecuación del espacio y el tiempo, hemos hecho como compañía más de 1500 funciones en los últimos 8 años, y el Teatro para Bebés nos ha dado para vivir y para pagar todos los recibos. Todos los vaticinios de nuestros colegas no sólo no se han cumplido, sino que además se basaban en presuposiciones y cálculos erróneos. Igual de erróneas que las frases de los individuos que poníamos al principio, y que escuchábamos antes de las funciones. Al acabar las representaciones, los mismos adultos que decían estas cosas, se quedan sin palabras, perplejos de los absortos y entregados que estaban sus bebés. Y los hijos desmontaron en menos de 30 minutos, toda la batería de prejuicios con los que eran juzgados por sus padres o por sus educadores previamente.

Mañana por la tarde, el espectáculo, que sigue más vivo que nunca, será montado y representado dos veces más, y ya van 563 veces que lo hacemos, y lo volveremos a hacer como si fuera la primera vez. La obra se ha difundido en países como Francia, Martinica, Holanda, Alemania, Italia, Portugal, Bélgica, Rusia, Brasil o España. El poema de Pupila no ocupa más de un folio. Pero hoy como ayer, seguimos descubriendo nuevos matices y formas de verlo y de interpretarlo. Los bebés nos ayudan a ver que cada instante es infinito; tal y como lo demuestran los físicos cuando nos demuestran matemáticamente que lo infinitamente macroscópico está contenido en lo infinitamente microscópico. Quizás porque, al igual que los bebés, el poema de Pupila de agua esta pergeñado de números irracionales, números con infinitos decimales, entrelazados de geometrías que van de un lado al otro en los dos hemisferios del cerebro. El bebé utiliza todo su cerebro a más velocidad y creando muchas más sinapsis nuevas que el adulto que le acompaña. Trenzará y tensará los dos hemisferios del cerebro para viajar hacia lo que desconoce, hacia los límites de todas sus cercas, que son todas las de sus antepasados, e irá más allá de su evolución, para acercarse al entendimiento profundo de la materia y viajar, inexorablemente, hacia la casa incierta que se atisba en el horizonte y que nunca se llega a alcanzar totalmente… por mucho que nos aproximemos.

Carlos Laredo. Valdemorillo 25 de febrero de 2011.

 http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es

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